lunes, 8 de diciembre de 2014

ELLA


Noche cerrada. Al llegar a destino, bajamos del taxi que nos trajo del aeropuerto distante a pocos kilómetros. En ese instante sentí una sensación extraña. Con la maleta en una mano y el bolso en la otra, miré alrededor consciente de que alguien me estaba mirando; volví a mirar. No, nadie estaba observándome, la calle estaba solitaria. Subimos al apartamento que teníamos reservado y dejamos las maletas en las habitaciones sin deshacer el equipaje ya que alguien propuso, no recuerdo quien,  bajar a tomar algo antes de acostarse. Así lo hicimos, salimos y fuimos caminando hasta El Caballo Blanco, mi primer café. Durante ese tramo mi inquietud y desasosiego fueron en aumento, casi sentía  pánico a pesar de mi carácter sereno, algo estaba pasando y lo desconocía, pero lo sabía. Regresamos, deshicimos equipaje y nos acostamos; mi sueño estaba ausente, adiviné una noche en blanco, mi sexto sentido me avisaba de que algo había ocurrido o estaba a punto de ocurrir. Pasaron las horas y a las 6,45 de la mañana me levanté, tras una ligera ducha  y con  sigilo salí del apartamento. Caminé con ritmo precipitado hacia donde debería estar la playa, llegué pronto, poco más de 150 metros me separaba.

Han pasado muchos años desde aquel amanecer, pero está fresco mi recuerdo como pez en anzuelo. 

Allí estaba, al fondo de la playa, a la derecha, majestuosa, rotunda, altiva;  los rayos del amanecer se reflejaban rojizos en sus cabellos. Así, de pronto comprendí que ELLA era el motivo de mi agitación desde que había llegado la noche anterior. En aquel momento y en aquella playa, aquel amanecer supuso el comienzo de una relación mágica, esotérica, con sensaciones que el paso del tiempo  ha ido consolidando.

A mi  llegada, el Cometa Halley, se estaba alejando y no regresaría  hasta dentro de 76 años. No quería perderme el suceso. Creí que era un buen momento, una buena disculpa para acercarme a ELLA y compartir una noche con el cometa como testigo. Eso creía, dicho y hecho: casi un mes después me preparé ropa adecuada, una pequeña mochila con lo suficiente y al atardecer me fui acercando apresuradamente al principio, pausada y cansinamente al final. En la lejanía, ELLA, vio como me acercaba, me noté extraño, mis sienes comenzaron a sentir unos latidos intensos, tragué saliva y el último tramo me costó horrores. Con una timidez impropia me senté a su lado, casi a su lado y permanecí en silencio, al principio incómodo, después me quedé atónito. Nunca había visto un atardecer tan impactante, de una belleza increíble: el Teide a mi derecha marcaba el hito de la isla, más hacia el Oeste, El Roque del Conde, resplandecía como una llamarada…. ¡uffff, que instantes aquellos! Por un momento me acordé de un atardecer que había visto mucho tiempo atrás “na illa do Medio, a Do Faro” en las Cíes, enfrente a Vigo y mis acampadas en el arenal Da Praia de Rodas.

Superado el ocaso, la noche más oscura que recuerdo se instaló entre nosotros, ni siquiera la contaminación lumínica del aeropuerto la amortiguaba. Silencio absoluto, me di cuenta de que mi presencia le molestaba, me lo transmitía y yo lo recibía. Una oleada de rechazo se interpuso entre ambos. No recuerdo la hora, un sudor frío me estaba asfixiando al tiempo que, comencé a sentir como el suelo se movía a mi alrededor, suave al comienzo, nítido y con un ruido de profundidades a continuación, pequeñas piedras desprendiéndose por las laderas. No pude más. ¡Vale, de acuerdo, me voy, disculpa! grité al tiempo que huía. No sé cómo no me maté, bajé como no creí que fuera posible hacerlo. Solo un triste mechero me acompañaba, que a medio camino me abandonó, no sé si por su miedo o por el mío. No quise pensar más en ello, conseguí llegar a casa, me acosté y me dormí, exhausto. Alguien dijo, desayunando a  la mañana siguiente que había habido un seísmo enfrente a las costas de Güimar de 4,5º en la Escala de Richter… Jaja…Yo sé lo que fue, me dije,  pero me callé naturalmente.

Aquello pasó, al igual que los años, inexorable como la arena por la cintura de un reloj. Siempre que regreso de patear al anochecer, cuando entro en la playa de La Tejita, percibo su contorno al fondo y siempre noto que  me ha visto. A esa hora solo compartimos la playa, la inmensidad del mar, ELLA y yo. Tantos años, tanta presencia constante, tanto saber de mí y yo de ELLA, me dieron las fuerzas y la valentía necesarias para repetir aquella experiencia que después de 27 años no había vuelto a suceder.

Dos semanas atrás, haciéndolo coincidir con la Luna en retirada total, me preparé bien pertrechado. Ahora me acompañaba un móvil de última generación con una luz que llegado el caso  podría ser de utilidad. Mis años de caminatas y el conocimiento del entorno me sirvieron para encaminarme a su encuentro, ya de noche cerrada. Me lo tomé con calma, era consciente de que a medida que me fuese acercando, ELLA, lo sabría. A poco más de la mitad del ascenso volví a percibir aquella sensación tan lejana en el tiempo: mis latidos pasaron de las sienes al corazón, al menos era lo que notaba con más intensidad. Continué avanzando despacio ya que un dolor intenso se reflejaba en los parietales.
 He de reconocer que sentí miedo.

 Un vértigo inexplicable, al llegar a su altura, pasó a ser mareo. Me precipité al suelo y quedé ajustado a un rincón al borde de una roca y a centímetros del acantilado justo al límite. Del mareo pasé a un estado somnoliento, casi inconsciente, los sentidos en alerta y el corazón sometido a estrés. Mi cuerpo estaba fabricando ácido láctico, como si de un esfuerzo extremo se tratase.  Sentía, en la vertical del abismo, voces lejanas que no entendía, rumores como lamentos, creí ver luces fosforescentes, como aquellos fuegos fatuos que recuerdo de niño en la noche de un cementerio. Todo ello provenía de un lugar a mitad pared, como de una gruta que existiera en la vertical del acantilado. Sudor en todo el cuerpo, tiritaba,  no estaba dormido, no estaba despierto, no estaba. Me pareció escuchar al borde gritos de enamorado ajeno a la vida. De pronto sucedió, recuperé parte de la consciencia e intenté girarme, cuando de súbito, a mi espalda, como la negra sombra, algo o alguien se me estaba acercando. Me giré con todas mis fuerzas. El espanto me vino al rostro. Solo pude gritar ¿cómo es posible? Si ELLA...












17-11-2014
Publicado en El Digital de Tenerife Sur
Moncho Rouco@ondanuevaradio.com
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